Optimismo y emociones

OPTIMISMO Y EMOCIONES

Nuestra vida emocional se compone de una serie de estados internos fluctuantes que en
muchos casos varían de un momento a otro. Nuestra capacidad para el optimismo
depende de nuestra confianza en poder experimentar emociones de diversa índole sin
quedarnos atrapados en ellas.
Sabemos que mucha gente divide el mundo entre optimistas y pesimistas, como si todo
fuera estrictament blanco o negro. Pero cuando se les pide que se analicen a sí mismos,
de una forma que tal vez no habían hecho jamás, la cosa se vuelve mucho más
compleja. El optimismo surge como consecuencia de un sentido interno de control sobre
nuestro propia estado anímico, una especie de sentido autónomo de confianza, por el
que podemos fiarnos de nuestra capacidad para regular nuestros estados anímicos. En
contraste, el pesimismo se presenta cuando no estamos tan seguros de nuestra capacidad
para modular nuestro humor de forma efectiva, cuando nuestros mecanismos de
regulación emocional no nos parecen dignos de confianza.

A veces la apariencia es de un tono negativo, pero la persona a pesar de darle muchas
vueltas para imaginarse lo peor y ver formas de controlarlo, se siente tranquila y
optimista de fondo, porque crece su sensación de control, pase lo que pase, porque ya se

lo ha planteado. En cambio, a veces, personas con apariencia optimista se sumergen a la
entropía psicológica y perciben el mundo de forma caótica.
De hecho, comprobar que podemos manejar el miedo o la tristeza, incluso llegar a
dominarlos, forma parte de la atracción inherente a las actividades recreativas que
generan emociones fuertes. La auténtica clave está en el control y en la posibilidad de
elegir.

Los optimistas saben que pueden co

ntrolar el flujo y reflujo de sus emociones internas,
puesto que se hallan al timón de las mismas. Esta autosuficiencia y capacidad para la
autonomía, basadas en sus recursos emocionales, los hace resistentes, procurándoles el
caparazón externo y las técnicas internas que necesitan para afrontar los momentos
difíciles. Por contra, los pesimistas no son tan afortunados y hábiles al manejar sus
estados internos. Cuanto más tiempo pa

san en estados anímicos problemáticos, tales
como la ansiedad, más pesimistas se vuelven.
El término “optimismo” procede de la palabra latina optimus, que significa “mejor”.
Originalmente, fue el nombre que se dio a una doctrina desarrollada por el filósofo
Leibniz en su tratado La Teodicea (1710), donde afirmaba que el mundo real es el
“mejor de todos los mundos posibles”. El optimismo emerge cuando, en un momento
dado, nuestro auténtico mundo interior es el mejor de todos los mundos interiores
posibles: un mundo que potencia nuestro bienestar y sentido autónomo de control.

Sentirse optimista es un reflejo de nuestra confianza y experiencia en la propia
capacidad de autorregulación de los estados emocionales, especialmente de aquellos
negativos y dolorosos. Cuanto más sólida sea esta capacidad interna de autorregulación,
al conseguir por nuestros propios medios el bienestar emocional y el alivio incluso en
tiempos de crisis, mayor será nuestra sensación de optimismo. La sensación interna de
autonomía, la confianza en uno mismo y una personalidad estable constituyen las
auténticas islas interiores de fortaleza que poseen los optimistas; desde ellas desarrollan
las ilusiones que los mantienen en pie y los fortalecen cuando las situaciones se
agravan. Esta fortaleza les permite realizar proezas extaordinarias.
El optimismo requiere que uno mismo se vea bien dispuesto emocionalmente para
abordar los retos y las inclemencias de la vida. Los optimistas creen en su fortaleza. El
nivel de eficacia y desenvoltura de nuestra regulación emocional determinará cuántas
horas al día pasaremos en este estado optimista y agradable.
No se trata de una característica estable, permanente e inamovible. Y eso es bueno,
porque significa que inlcuso pequeños cambios en nuestra capacidad de autorregulación
pueden conducir a grandes diferencias en el número de horas diarias que pasemos en un
estado emocional agradable y tranquilo.
No obstante, la fuerza de los efectos de la congruencia de humor es tal que cuando
estemos tristes, tenderemos a tener pensamientos tristes y a buscar estímulos externos
(tales como canciones tristes en la radio) que se ajusten a ese estado; nos veremos a
nosotros mismos y a los demás bajo el prisma de nuestro estado interior de turno. Para
modular nuestro ánimo y llevarlo de la tristeza a un clima emocional optimista, tenemos
que trabajar contra esos efectos de la congruencia del humor. Tenemos que encontrar
una forma de modificar nuestro estado anímico, ya sea a través de pensamientos alegres,
ya sea buscando sensaciones bellas o perspectivas optimistas en nosotros y los demás,
que nos ayuden a escapar de la tristeza de nuestro estado mental.
Nuestro estado de ánimo interno es persuasivo. A veces, somos incapaces o no estamos
dispuestos a cuestionar realmente nuestras perspectivas. La modulación del ánimo, si
arranca de un estado envuelto en sentimientos de tristeza, ansiedad o ira, requiere
básicamente que nos tomemos ese estado anímico lo suficientemente en serio como para
salir de él, pero no tanto como para ver en él un fiel reflejo de la realidad. Recordar que
la visión del mundo, de sí mismos y de quienes les rodean, está teñida por su estado de
ánimo pasajero; para los pacientes a menudo, es una lección extremadamente difícil de
aprender.
ILUSIÓN DE CONTROL
Debemos esforzarnos por saber lo que realmente nos gusta hacer, aquello que nos
entusiasma y nos hace felices.
Hay una relación recíproca entre la capacidad para experimentar una sensación de
control y dominio sobre el mundo que nos rodea y la habilidad para luchar contra
nuestros miedos internos y someterlos. La sensación de estar en el asiento del
conductor, cuando se trata de domesticar nuestras emociones, nos permite sentir que
mantenemos el control sobre el mundo que nos rodea, y viceversa. Cuanto mayor sea
nuestra sensación de control sobre el mundo circundante- incluso si esa sensación es, en
realidad, una ilusión- mayor será nuestra capacidad para el optimismo.
Nos gusta tanto sentir que controlamos las cosas que creamos la ilusión de estar en el
asiento del conductor aún cuando vamos de pasajeros de la diosa Fortuna. El concepto
de ILUSIÓN DE CONTROL fue originalmente descubierto por Ellen Langer en la
Universidad de Harvard. Creer que estamos al mando de la situación nos ayuda a
amortiguar el flujo de sentimientos negativos- depresión, angustia, rabia y
desesperación- que podrían surgir si tuviéramos que afrontar nuestra auténtica
impotencia. Esta conexión entre la habilidad para mantener la ilusión de control y la
capcidad para sostener un estado de ánimo positivo es muy poderosa.
Crear la ilusión de control tiene un efecto beneficioso en la modulación de los estados
anímicos negativos, incluso en las personas con niveles de angustia extremos. La fe en
que podemos controlar el mundo que nos rodea puede, en realidad, traducirse en un
control real sobre nuestros sentimientos negativos, con el correspondiente aumento de
nuestro optimismo.

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